sábado, 2 de octubre de 2010

Moderación


Dignidad, nobleza, vergüenza, tres términos trabajados en psicoanálisis que encontramos en los aportes de varios colegas que expresan sus reflexiones vinculadas al amor y el goce en la época.
No sin relación por cierto a sus opuestos, que en el imperio del “empuje al goce desenfrenado”, en el tiempo de  la civilización del “terrorismo del objeto a”, son los que han inclinado la balanza de su lado: lo innoble, la indignidad, la desvergüenza.
La pérdida del soporte como dimensión del amor, el Nombre del Padre, hace caer también las identificaciones más seguras que cristalizan en una identidad, fijan a un nombre. Estas interpretaciones de Lacan (las referencias son de los Seminarios 21 y 24), adelantan lo que decae, se debilita, se forcluye,  en fin las formas diversas que en la clínica y en el amor se manifiestan distintas para el analista, aunque quizá no tan nuevas ya. Evidencian, como se desprende de los textos, el “fracaso del significante”.
Cuando en 1969 Lacan estableció el modo de lazo social entre los hombres como discursos, los funda tales en la prohibición del goce, en su recorte. En tanto el desenfreno, el terrorismo, el odio, van en contra y reflejan a la vez  su resultado.
Lo más interesante de estos textos para mi, es lo que recorto como preguntas que provocan , intentos interpretativos, propuestas,  nada seguro en el saber acumulado.
Nora Capelletti vislumbra una rajadura del “todo goce” en las manifestaciones actuales de los jóvenes y los ciudadanos en reclamos referidos a la educación, por ejemplo, máximo campo del despliegue simbólico podríamos decir, como una especie de detención de la caída de los ideales, un viraje. Las formas están allí prestas a ser leídas, también han estado en otras épocas, pero,  hoy tendrían otra función, si se capta la oportunidad social para orientarlas. ¿Cambio de discurso del amo, barradura del discurso capitalista? Otra escritura quizá.
Más en el campo de la clínica, Gisella Smania interroga a partir de oponer lo que la época produce como consecuencia, además de lo citado, del freno de la función de la castración, los casos de mujeres solas en las que las formas del amor se aproximan más al estrago, donde la demanda feroz presente en la categoría de frustración y no de castración, llegan al psicoanalista. ¿Tratamiento de la frustración “sin ley”? Y la privación, ¿juega su partida?
Carmen González Taboas, Gerardo Arenas, Emilio Vaschetto, abordan al amor en diversas aristas: que captar lo imposible del amor lo hace más digno, ¿es posible por su ingreso al discurso analítico?, ¿la irrupción del amor en la transferencia sería suficiente para que el amor, todo amor, no se desplace al  “no cese de escribirse” que es el drama del amor? ¿Qué formas toma en la transferencia, si hablamos de psicosis ordinarias, las categorías de positiva y negativa se trastocan? Es posible que si por “ser incauto” se ata el amor para soportar el exilio de la no relación sexual, no serlo, de qué modos Afrodita sorprende en el lazo transferencial?

Ana Simonetti

viernes, 1 de octubre de 2010

Responder ante el superyó, no es sin el acto del analista






 J.-A. Miller en Comandatuba señalaba que en algunos casos,  “Hay que poner el cuerpo para llevar la interpretación a la potencia del síntoma”.(1)
 
Las intervenciones del analista  hacen inconsistir  lo segregativo del  goce en el dispositivo analítico. La posición del analista se juega al correr un riesgo con su acto.
Los síntomas de la época hacen  fracasar el enlace a lo simbólico cuando el Nombre del Padre, no nombra desde el amor. ¿ Cómo se tocan los semblantes del analista en ese punto de descreencia del  amor de transferencia?
¿Qué son los hechos en la vida de un sujeto, cuando no ha operado el Nombre del padre?.
“El führer no es el Nombre del Padre –puntualizaba  M. H. Brousse en Paris en el brainstorming day hacia el 2012–; interrogar ese poder oscuro del superyó  y su manera de actuar en el psiquismo,  el S1 del discurso del amo es el yo, es lo gozado, imperativo de goce contra las leyes de la palabra, es la época de los inquisidores, desvalorizan el decir”
Un  joven se queja: “Mi padre me trata como un nazi,  es el führer; me apuntó con un arma, me prohíbe que fume marihuana; y fumo porque sino lo mato”.
Este joven  con su queja toca una verdad que aún no escucha. El hermano, le confía que es gay; el paciente lo golpea,  “prefiero matarlo antes que tener un hermano gay”.
La analista interviene –quejarse, enfurecerse, con eso mismo que él repite–.
Irrumpe en la transferencia el  goce negado por el sujeto,  vacilan los simulacros que lo velaban;  con furia acusa al analista; “¡Esto no sirve para nada!, ¡hace más de un año que vengo! ¡esto no funciona!”.
La analista,  levantándose, le devuelve su propio mensaje invertido: “Así es, esto así no funciona, hasta acá llegamos”. “¡Cuando se ha pasado la raya ya no hay límites!”(2)

La transferencia negativa y su empuje al cinismo, banaliza la palabra;  no dejar caer al sujeto, pero al mismo tiempo ubicar un límite de la buena manera; no es sin el acto del analista.  Acotar ese pathos que fija al sujeto a la dictadura de un goce que le retorna  de un Otro que no existe;  implicará  localizar en sus dichos, la alteridad que desconoce el yo en los hechos. 
El  superyó, voz insensata de un imperativo moralizante,  justifica en este joven  la excepción de su lado.  Lo que él se permite sin limites; lo prohíbe y castiga en el otro.
La palabra queda  aspirada en ese pegoteo de lo  imaginario y lo real; empuje al acting out que ataca los semblantes.  
El analista  opera con lo simbólico, se sirve del semblante que acompaña a este sujeto en una inscripción precaria del no-todo está permitido;  a partir de la entrada  en transferencia negativa, se hizo necesario una separación que incluya un tercero; el nombre de un colega, portador del Significante que reconoce como autoridad. Referencia un lazo a la vida  y a los cuidados, que desde niño requirió por su salud; ese significante hace posible otro lugar  de la palabra, que escucha  sin denostar.
Otro plano se abre para no dejar caer la transferencia positiva; acepta a este colega psiquiatra que interviene frente a los excesos del cuerpo que maltrata, y de la palabra que allí se va anudando.
 Esta estrategia se fue articulando paso a paso, y conjuntamente con este profesional; incluyó responsabilizar a estos padres en otras decisiones que se empezaron a tomar.   
El sujeto encontró en el espacio de la relación analítica, una alternativa; que no fijó su palabra al goce sentido  del circuito pulsional, que va y vuelve sin salida en la prohibición;  al mismo tiempo, se inscribió una pérdida de goce al ser confrontado, con su propio decir, no negativizado ; Tú lo has dicho ,¡esto así no funciona!., despojado de un juicio moral, pero no del alcance de sus consecuencias que abría que asumir .
El acting que tocó la transferencia,  mediante el acto del analista, devino en un menos que se hizo operable como regulador de esa nueva posibilidad, ahora anudada a un Significante que posibilita en él libidinizar la función de un padre que cuida, reconocido en la palabra y en una contención con la que cuenta.
Los efectos pacificantes en el sujeto, hasta hoy;  así parecen indicarlo, y la posibilidad de volver a visitar a la analista más adelante, quedó abierta. 
 
(1) Jacques-Alain Miller; “Una fantasía”, Lacaniana N° 3;Publicación EOL.Agosto 2005.
(2) Jacques Lacan, “Atolondradicho,” Escansión 1, Ornicar; publicación psicoanalítica,  Ed.Paidos. Año l984. nota a pie de página (29),pág.68.


Norah Pérez
(EOL Sección Santa Fe)

jueves, 30 de septiembre de 2010

Afrodita que sorprende


La era victoriana fue conservadora y amarreta en asuntos de goce. Su imperativo cultural parecería poder cifrarse en la fórmula: Goza de lo mismo, con moderación. Por otra parte, en 1920, Freud dio un estatuto metapsicológico radical a la compulsión de repetir, algo que antes adjudicara al “rasgo conservador” del síntoma.[1] En este sentido cabe decir entonces que el síntoma se hallaba en conjunción con su época. Sin embargo, de inmediato comenzaron los años locos, que contagiaron a Europa y a los países desarrollados con el boom económico nacido en los Estados Unidos y que, en consecuencia, universalizaron el ideal del American way of life. De allí en más, el imperativo de la era global pasó a ser: Goza de lo nuevo, todo cuanto puedas.[2] Así, la época en que vivimos se encuentra más bien en oposición a la naturaleza del síntoma.
El imperativo contemporáneo tiene dos consecuencias simétricas y opuestas: la proliferación de objetos a (condenados a una acelerada obsolescencia) y el desprestigio del síntoma (ya que todo aquello que haga lazo, condense goce y se repita –tres caracteres esenciales del síntoma– choca con el impulso al goce de lo nuevo). Los lazos libidinales resultan empobrecidos a consecuencia del empuje a la transitoriedad de los vínculos sintomáticos en general y de los amorosos en particular. En este aspecto podemos deducir que la llamada relación sin compromiso es “la hija no deseada del capitalismo”.[3] El amor se convirtió en una experiencia cada vez más atípica, en una suerte de especie en vías de extinción.
La acción conjugada del carácter vertiginoso y voraz de la cultura del consumo y de la uniformización de los modos de gozar resultante de la globalización tiene por consecuencia un arrasamiento generalizado de la dignidad, en la medida en que desvaloriza y mina precisamente aquello cuya función es “salvar nuestra dignidad de sujetos”, convertirnos en algo distinto del sujeto condenado a la metonimia eterna, “hacer de nosotros”, dice Lacan, “ese algo único, inapreciable, insustituible” que constituye “la dignidad del sujeto”.[4]
Ahora bien, aunque escasee, el amor no es por eso imposible, sino más bien contingente y muy real. Es “Afrodita que sorprende”,[5] y por más que la subversión que provoca en el sujeto no se vea favorecida (e incluso resulte entorpecida) por la contemporánea compulsión a la metonimia del objeto de goce, el analista puede adquirir el estatuto de un síntoma,[6] y devolver así al sujeto un lugar de dignidad posible a través del lazo, la estasis y la repetición propios del amor de transferencia.

Gerardo Arenas


[1] Cf. S. Freud, “Más allá del principio del placer”, en Obras completas, Buenos Aires, Amorrortu, 1989, t. xviii, y “Análisis fragmentario de una histeria”, en ibid, t. vii.
[2] Cf. J.-A. Miller, “Tres conferencias brasileñas de Jacques-Alain Miller sobre el síntoma”, en El síntoma charlatán, Barcelona, Paidós, 1998.
[3] G. Arenas, En busca de lo singular, Buenos Aires, Grama, 2010.
[4] J. Lacan, La transferencia, Buenos Aires, Paidós, 2003.
[5] J. Lacan, L’identification (inédito).
[6] Cf. J. Lacan, El sinthome, Buenos Aires, Paidós, 2006.

martes, 28 de septiembre de 2010

Amar no es sin errar

En la antigua librería Vrin, en la Place de la Sorbonne, encontré  el  Disciurs de l’errance amoureuse,  estudio[1]  editado  por Vrin  en 1986,  inesperada luz para una lectura del seminario 21.[2]  Si Lacan murió en 1981, había contado con alguna de las  ediciones de la obra de  Pontus de Tyard,  autor  de  Erreurs amoureuses.(1573).  Lacan  vio al  Renacimiento “oscurantista” seguramente por su ilimitada  confianza en “el hombre”. Pero Pontus, petrarquiano y neoplatónico a su manera, había trazado en su  canzonieri  una   epistemología del amor.  Tuvo que interesarle  a  Lacan  la sutil diferencia que separaba a Pontus  del florentino Petrarca  (1304-1374).
 En la tradición petrarquiana del  dolce stil nuovo  el errore giovenile es la ceguera amorosa, la falta juvenil que causa vergüenza y arrepentimiento. En cambio para Pontus  los errores amorosos son la consecuencia del ardor que consume al amante. La metáfora del viaje  se traslada a un viaje en el mar.  El deseo se lanza tras  la dama, inalcanzable. La errancia amorosa afronta tempestades y  noches invernales, pero el movimiento del amante sólo bordeará  “el espacio de una ausencia”.  Hay el amor,  no hay relación sexual.
En Aún[3] Lacan  dice  que al  meteoro  del amor cortés le siguió  el discurso científico que “no le debe nada a los presupuestos del alma antigua”. “Y únicamente de esto surge el psicoanálisis.”   El  ser que habla aún pierde el tiempo hablando y cuando “abre la boca”  se encuentra con las paradojas del  goce en el amor, entonces con el síntoma  y la repetición.   Llegar a saber de lo imposible del amor hace el amor más digno.

Carmen González Táboas




[1] Carron, Jean Claude,  Discours de l’errance amoureuse, París, Vrin, 1986 
[2] Lacan, Jacques, Seminario 21, Les non dupes errent, inédito.
[3]  Lacan, Jacques, Aún,  Barcelona, Paidós, 1981,   p. 104

Una reflexión acerca de “los tiempos del goce”


Intento interrogar si en la época actual, enmarcando la misma en relación a nuestro país  y a los países de América del Sur (en general), no se  han producido acontecimientos (desde los  inicios de éste nuevo  siglo), que podrían generar /estar generando un nuevo marco que favorezca una cierta regulación al “empuje al goce desenfrenado”,  ubicado  y subrayado (en relación al eje de éstas Jornadas),  como rasgo de nuestro tiempo.
En éste sentido me pregunto si no se podría hablar de un (comienzo de ) cambio de discurso, que favorece un modo de tratamiento del goce,  que se podría verificar en un retorno  de/a la política, en el campo de lo social,  estableciéndose nuevas narrativas que favorecen por un lado la instalación de significantes  que se articulan en torno a ciertos ideales, a la vez que  el ingreso a la militancia de vastos sectores sociales, en especial de la juventud, que promueven  modos de anudamientos del lazo social, lo cual parecería acotar el predominio del goce autista,  promoviendo el advenimiento de un  (nuevo) deseo..
“Es preciso decirlo, morir de vergüenza es un efecto que raramente se consigue”:  así comienza Lacan la última clase del seminario XVII , ubicando el signo del  malestar en la civilización ( el cual   se habría de profundizar  en las tres décadas siguientes), y que  tendría como correlato,  tal como  lo  establece  J.A. Miller  en “Nota sobre la vergüenza”,  una modificación de la relación del sujeto con el goce, dando lugar al “primum vivere” como valor fundamental,  poniendo en el centro la vida “innoble”, sin valor, que terminaría de consolidar un  modo privilegiado del funcionamiento del orden social, regulado por el Discurso Capitalista, y su imperativo de goce.  Acerca del discurso Capitalista,  Lacan, en la conferencia que tuvo lugar en mayo del 1972 en Milan,  lo indica  cómo el sustituto del discurso del Amo y sostiene  que es un discurso” locamente astuto” , cuyo secreto está en la plusvalía, “la plusvalía es..el plus de gozar”, afirma, ubicando la verdadera causa de la instalación  de dicho discurso.  Subraya asimismo, en dicha conferencia que, no obstante, marcha tan aceleradamente que “está destinado a estallar”.
En éste punto, retomo el interrogante que quisiera situar:  la promoción del goce en sus distintas manifestaciones, pluralizadas por los objetos que  la ciencia y la técnica permitieron disponer;  -la desvergüenza producto de la ruptura de las “tarjetas de visita”, la caída de los semblantes y los significantes que los representan, ¿no se encuentran, en la actualidad (en el marco que circunscribí al inicio) en un momento de (cierta) vacilación? No vemos el  comienzo de una hendidura,  en ese discurso que ha estado imperando desde hace más de 30 años, a través de la cual se observa el surgimiento de  significantes que favorecen un modo de lazo donde el otro cuenta ya no (solo) cómo modo de goce, sino en tanto signo  de un (nuevo) amor? No vemos señales  de esto en la manifestación/ participación/ convocatoria/ movilización de los jóvenes estudiantes secundarios, quienes articulados en un lazo múltiple, ocuparon las calles de la ciudad hace apenas unos días, rescatando los marcas de ciertos significantes, tales cómo la promoción de políticas públicas activas en defensa de la educación?  No es signo de un nuevo comienzo la participación ciudadana  en las organizaciones sociales/ partidos políticos? No implica la inscripción de “blasones”, el dejarse representar por significantes que valgan cómo” tarjeta de presentación ante el Otro” .No toca esto el goce que ha imperado en la época? No favorece modos de anudamiento que permiten la restitución de cierto ordenamiento simbólico en los lazos?
En éste punto  interrogo si no es posible pensar,  en las coordenadas actuales de nuestro país, el restablecimiento del “honor del significante”,  y con él, el  surgimiento de un nuevo deseo que se inscribe en el lazo social…Que la política vuelva a ser pensable, que se modulen lazos por la articulación a ciertos  ideales que promueven a su vez, nuevas formas de anudamientos en el campo de lo social ¿no son marcas de un deseo que podrían estar abriendo surcos en el tiempo del goce?
                                                                                                                          
 Nora Cappelletti
                                                                                 
-Lacan, J: Seminario 17: “El reverso del psicoanálisis”-Ed. Paidos
-Miller, J-A: Nota sobre la vergüenza
-Gorostiza, L: Enfermar de honor
-Lacan, J:” Del discurso psicoanalítico”- Conferencia dictada en Milan, el 12/05/72



lunes, 27 de septiembre de 2010

Reseña de la presentación de las Jornadas en Córdoba

Fuimos invitadas por Sonia Mankoff, el pasado miércoles 15 de septiembre, a presentar, junto con otras dos colegas, aquellos puntos de elaboración a los que cada una había arribado respecto de la temática “Amor, deseo y goce: qué circula entre los sexos”. Temática que permitió situar -desde Córdoba- la discusión ya abierta cuyo horizonte es el de las próximas Jornadas Nacionales de la EOL. Tres trabajos entonces, tres perspectivas que intentaron decir algo de las condiciones actuales del goce y el amor.
En primer lugar, Florencia Quiroga ubicó lo que llamó las primeras elaboraciones provocadas de un cartel que lleva por nombre “Estatutos del amor en la enseñanza de Lacan”, a partir de su rasgo: El amor y su relación al Otro Goce. Desde Freud, con sus “Contribuciones a la Psicología del amor”, pasando por Lacan en “La significación del falo”, el trabajo de Florencia puso el acento en los embrollos amorosos desde la dialéctica fálica, considerando la forma distintiva en las que se juega el complejo de castración, como aquel que reparte los modos de goce, para el varón y para la mujer, localizando para cada uno además, una manera, un estilo singular en el amor: fetichista y erotómano respectivamente. Las preguntas ¿Qué sucede con el goce? ¿Por qué vías se satisface? le permitieron -a su vez-  ubicar con Lacan, que éste es siempre autoerótico, Uno. El trabajo concluye con una reflexión en relación a las mujeres y el amor en el Siglo XXI, en la época de la inexistencia del Otro, ubicando el provenir del Psicoanálisis en la apuesta al lazo, “como modos de inventar un amor posible en el encuentro con el Otro”.
Por su parte, Claudia Lijtinstens desplegó un argumento exhaustivo de la época, en relación al régimen del Uno. Se trata –dice- de una época donde no hay la existencia del Uno que haga excepción, una época del “sin excepción”, del “terrorismo del objeto a”. Una época en la que, contando además con el discurso de la ciencia, los semblantes se presentan transitorios, efímeros. Junto con los ideales y las creencias, se produce inevitablemente la caída de los semblantes fálicos, que localizan y circunscriben el  goce; una época del falo en “bancarrota”, que introduce lo ilimitado en el todo. De este modo, la función fálica –nos hace saber- se transforma en “función de flujo”, una función lábil, no cuantificable, que indica mayores o menores variaciones. Un goce fluctuante a la manera de un  zapping, donde el cuerpo sólo está comandado por la consistencia de los sentidos, desanudado de los afectos. Para finalizar, Claudia nos acerca como ejemplo la película “Shortbus”, de John Cameron Mitchell, para pensar los modos plurales que toma este exceso a nivel del goce.
Por último, orientada por el espíritu del argumento de las Jornadas Nacionales, intenté tomar el sesgo de la interrogación clínica, para situar las nuevas figuras de la frustración de nuestro tiempo. Entre ellas, por ejemplo: la demanda creciente por parte de mujeres propias del siglo XXI, solas, abocadas de una manera exitosa a lo laboral, “frustradas” en el campo del amor, aduciendo la falta de una realización personal. Para muchas, internet se ha vuelto la herramienta de relación por excelencia, allí obtendrán lazos lábiles pero a su vez  palabras de amor, preservando -al modo del amor cortés de nuestro tiempo- que nada del sexo venga a desarreglar lo que procuran esas “cartas de Almor”. Hoy, el nuevo imperio de lo Imaginario frente al ocaso del orden simbólico, “deja estancada la función  de la castración”. Este panorama de estancamiento en la dialéctica de la castración es solidario con un lugar creciente de otra dialéctica, la de la frustración, en una época en la que el derecho a gozar instala también el perjuicio concomitante. Tal como leemos en el Seminario 4, “la noción que tenemos de frustración -dice Lacan- es la de un daño, una lesión, un perjuicio. La frustración es por su esencia el dominio de la reivindicación. Algo que se desea y no se tiene, y que se desea sin referencia alguna a la posibilidad de satisfacción.  La frustración es el dominio de las exigencias desenfrenadas y sin ley”. Cabe preguntarse si el régimen actual del no-todo en la experiencia del amor para las mujeres, cuya vía puede ser la del estrago por ejemplo, puede relacionarse con este carácter de “sin ley” que señala  Lacan- a propósito de la frustración y la demanda feroz que representa.




Gisela Smania

viernes, 24 de septiembre de 2010

Tres reflexiones acerca del amor y los tiempos del goce

PRIMERA: Es indudable la dificultad contemporánea para el amor. Una vez que se han depurado las narrativas, que se han disuelto las palabras dichas y oídas en el magma del placer a corto plazo (sin principio), ¿qué queda por esperar?
Alan Bloom en un exquisito libro llamado sencillamente “Amor y amistad” responsabiliza a Freud por haber sido uno de los causantes de la decadencia de la literatura amorosa (las novelas de Stendhal, por ejemplo) en pos de una erotología cientificista, cultivando un eros lúgubre y falto de belleza. Un poco exagerado por cierto, pero tomemos el relevo de esta simpática provocación.
El relato novelado freudiano (sobre todo el de los Estudios sobre la histeria) es, desde luego, una novedosa combinación entre un lenguaje científico neurológico y una “historia de los sufrimientos” (frase que toma de Goethe). Rápidamente podríamos conjeturar que el tema del amor adquiere dos caminos concurrentes en Freud, la transferencia (el amor de transferencia) y lo económico libidinal. Si nos dejamos llevar por este segundo punto –y por fuera de los lugares comunes-, veríamos cómo Freud lleva las cosas hasta plantear el problema de la psicosis en términos de una gramática amorosa: las diferentes modalidades de negar la frase “yo lo amo”

SEGUNDA: “La inestabilidad (branlage[1]) humana es más variada de lo que se cree”[2] -declama Jacques Lacan-, y es en esa variabilidad donde quizás hallemos una verdad. Ensayemos pues, una clínica de la vacilación, o mejor dicho, de la fragilidad, de la endeblez  humana, a sabiendas de que eso tiene un límite, un dominio centrado en esa cáscara topológica que llamamos cuerpo. Vayamos al film “El marido de la peluquera” (es solamente un recuerdo fragmentario e impreciso a modo de ilustración).
Él es un hombre mucho mayor que ella, va religiosamente a cortarse el cabello, hasta que un determinado día le propone a esta dulce y suave peluquera, casamiento.
Todo marcha sobre rieles, todo es amor, prácticamente no hay diálogos; sólo hay miradas cómplices, sin malentendidos. Un idilio perfecto: se miran, se tocan, se desean...Hasta que un buen día abren la boca, hay una pelea mínima y estúpida y luego de dormir separados esa noche, al otro día este buen hombre se encuentra con una carta donde ella –quien la película da entender que se arroja de un puente- le dice algo así como que no soportaría perder ese amor. No soporta el hecho de que todo cruce con el Otro sexo es sintomático. Por lo tanto, para poder hacer existir el Amor puro, la belleza infinita de esa comunión, ella debe desaparecer, caer como objeto para hacer existir no la relación sintomática (del partenaire-síntoma) sino la relación sexual.

TERCERA: No hay relación sexual. Y entonces ¿qué hay? Hay fracaso sexual. El fracasex[3]. “El amor que aborda al ser, expresa retóricamente Jacques Lacan, ¿no surge de allí lo que hace del ser aquello que sólo se sostiene por errarse?”[4]. Ciertamente la vida no es más que un viaje y los vínculos establecidos entre esa errancia, el itinerario y la repetición son para nosotros ciertamente sugerentes. ¿Por qué camino entonces se puede amar a una mujer? La respuesta es simple y graciosa a la vez: por azar[5]. Claro que en ese azar hay algo que detiene, que ancla (lo escuchamos en nuestros consultorios). Ni intrínsecamente placentero, ni intrínsecamente doloroso[6], el amor tan sólo evita el desarraigo que se padece por el simple hecho de ser hombre o mujer, por la angustia de vivir en esa patria.


Por Emilio Vaschetto






[1] El término utilizado por Lacan es “branlant”, que significa que algo que es inestable, que presenta una oscilación o una vacilación; una escalera o un taburente pueden ser branlantes; un niño que comienza a caminar se le llama “château branlant”, está inseguro. Le Petit Robert “Dictionaire de la langue française” París, 2000.
[2] Lacan J. “Les non-dupes errent” Clase 13-11-73, inédito.
[3] Tomado de mi libro: “Los descarriados. Clínica del extravío mental: entre la errancia y el yerro”, Ed. Grama, 2010 (en prensa).
[4] Lacan J. “El seminario 20 Aún” (1972-73). Buenos Aires, Ed. Paidós, 1995, p. 176.
[5] Lacan J. “Les non-dupes errent” (1973-1974), inédito. Clase del 18-12-73.
[6] Milner J. C. “Lo triple del placer” Buenos Aires, Ed. Del cifrado, 1996, p. 34.

Moderando

Con la primera respuesta de Ileyassoff ya tenemos algo dentro de El Caldero de las Jornadas. Eso se agradece mucho porque a ese Caldero lo tenemos sobre fuego fuerte y sostenido (no hay tanto tiempo hasta diciembre). Ya vendrán más ingredientes, y esta metáfora precisa mi manera personal de ‘moderar’. Para mí, a todo lo que caiga en el Caldero de las Jornadas hay que sacarle su propio jugo, porque mi único temor es que se queme, y no va conmigo salvar las cosas de manera aguachenta. No se trata, entonces, de polemizar con una u otra expresión de textos breves, sino de exprimir el planteo general. Desde este punto de vista me parece que Ileyasoff subraya más lo que debería o podría ser recurso frente a los excesos de goce viniendo de la doctrina que la consideración de la realidad efectiva a la que nos enfrentamos, y que el argumento de las Jornadas toma como referencia. Creo que es por eso que la respuesta insiste en la función del padre como recurso para: unir el deseo a la ley, lograr satisfacciones sustitutivas (lo que supone represión), anudar un amor ejercitable en tanto abierto por algún lado a algo más que su encierro narcisístico. Así, por un lado, se descartan los recursos a instrucciones y prohibiciones a secas, lo que está muy bien, porque no son ingredientes de nuestra orientación ni de nuestro Caldero. Pero, por el otro, esta línea de respuesta supone extremar la argumentación para hacer de la posición del analista un relevo de una función paterna ultra esclarecida. Habrá que ver en qué casos esto puede verificarse.
Mientras tanto, la realidad efectiva a la que me refería nos trae más bien predominantemente casos donde lo que se verifica es que no se ha constituido la castración en sentido freudiano, que no hay unión del deseo a la ley, que hay férreas uniones de la demanda a una diversidad de reglas, que el goce, aunque reduzca su quantum, permanece insustituible, y que el amor no va más allá de una exaltación ante la presencia de su objeto y una devastación ante su ausencia: frustración.
Necesitamos respuestas concretas, caso por caso, ante eso, para lo que la doctrina es indispensable, justamente, porque aún no están escritas en ella.
La segunda respuesta, de Daniel Peretta, corresponde, me parece, a la línea de responder descifrando enseñanzas de Lacan. ¿Por qué no? Seguramente lo que se prepare en El Caldero tendrá olor a ese desciframiento. ¡Pero no puede ser de ninguna manera su fragancia preponderante! Se trata de respuestas, desde la práctica analítica, vinculadas a esa realidad de nuestro siglo actual que por tercera vez menciono.
Juan Carlos Indart      

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Algo sobre el amor...



Lacan se ocupó del tratamiento del amor a lo largo de toda su enseñanza
En el Seminario 20 (una carta de almor – Pág. 97) Lacan formaliza la relación entre amor y goce con referencia a la disyunción “lado macho” y “lado mujer” y a partir de la inexistencia de la relación sexual. En este seminario, y con el planteo de que el goce del Otro no es signo de amor, puede plantearse al amor como suplencia de la relación sexual que no existe.
A partir de esta fórmula se deduce que se llega al goce cuando hay relación sexual y que viene el amor al lugar de la ausencia de esta relación.
Pensado el amor como suplencia de la relación sexual que no existe, se introduce al amor en otro plano que el que planteaba Freud; el del narcisismo.
En el plano del narcisismo y con un tipo de elección de objeto de tipo anaclítica, se puede conservar la ilusión de hacer Uno con el amor, pero Lacan al darle forma lógica a la imposibilidad de escribir la relación sexual permite situar al amor como una suplencia, esto sería, como un síntoma.
En esta vía es que podemos situar al síntoma como una respuesta a la inexistencia de la relación sexual. Ante el imposible de la relación sexual, ante la ausencia de una condición suficiente que haga complementarios los dos sexos, el sujeto, a modo de suplencia produce el síntoma, su síntoma.
En líneas generales podemos decir que Freud planteaba al síntoma en dos perspectivas. Por un lado, el sentido de los síntomas, sentido sexual; y en la perspectiva pulsional. En este plano, ubica el esfuerzo pulsional orientado a la satisfacción.
Esto dejaría definido al síntoma a través del sentido y a través del goce.
Freud definió entonces al síntoma por dos vías: la del sentido y la del goce. La primera consiste en definir el síntoma como un mensaje cifrado portador de un sentido que puede ser develado, descifrado por la interpretación. La otra vía, la del goce, define el síntoma como un modo de satisfacción.
Dice Lacan: “Es evidente que la gente con la que tratamos, los pacientes, no están satisfechos, como se dice, con lo que son. Y no obstante, sabemos que todo lo que ellos son, lo que viven, aún sus síntomas, tiene que ver con la satisfacción...Satisfacen algo que sin duda va en contra de lo que podría satisfacerlos, lo satisfacen en el sentido de que cumplen con lo que ese algo les exige.”


La fórmulación de Lacan, "no hay relación sexual" implica que hay una falta de goce estructural inherente al sujeto que habla, una inadecuación del lenguaje y del ser que constituye en última instancia la causa del deseo.
La formulación lacaniana de que la mujer es el Otro, de que la mujer es fundamentalmente Otra como tal, lo conduce a la repetida frase que dice que "la mujer no existe".
Por el hecho de que la mujer como tal no existe en el inconsciente, es por lo que la relación sexual no existe. Cómo puede haber una inscripción de la relación entre el hombre y la mujer en el inconsciente, si en el falta el significante para cifrar la mujer, si en el inconsciente sólo se inscribe el significante del sexo masculino? Cómo puede haber en el inconsciente ciframiento de la relación entre Uno y Otro, si en el solo hay cifra para el Uno?


Desde ese punto de vista, el síntoma es más bien una suplencia de ese goce faltante. Es , por lo tanto, un montaje significante sostenido por la versión particular que tiene el sujeto de lo que es el goce, es decir. el fantasma : un montaje productor de goce precisamente allí donde no existe un instinto natural que diga al sujeto cual es su objeto adecuado.
En el Seminario RSI, dice Lacan que para que un sujeto entre en análisis, tiene que creer que el síntoma quiere decir algo que habrá que descifrar; y en el Seminario de la Angustia Lacan indica que para que el síntoma salga del estado en el que aun no estaría formulado, es necesario que el sujeto advierta que hay una causa. Muchas veces ese momento se vincula con el encuentro con una mujer, a partir del cual se actualiza el síntoma o se produce una interrogación novedosa en relación al mismo. Creer que ella, la mujer, pudiera decir algo relativo a una verdad es solidario con creer que algo del propio sujeto puede ser descifrado. La conexión entre el síntoma y una mujer se hace evidente por sí misma. "Uno cree lo que ella dice : es lo que se llama el amor" dice Lacan.


Daniel Peretta
(Rosario)

lunes, 13 de septiembre de 2010

Elegir entre la satisfacción del amor y la satisfacción de una parte del cuerpo

Frente al empuje al goce desenfrenado en los jóvenes  de los tiempos actuales se puede considerar  distintos tipos de satisfacciones. Las hay consideradas nocivas y las hay consideradas más constructivas. Por supuesto que los límites se refieren a las consideradas nocivas. Poner límites siempre fue considerado como prohibir, pero es necesario aclarar que, muchas veces, el adolescente ya sabe lo que está prohibido y le hace mal, y su problema es no poder detenerse, lo cual no hace más que aumentar su culpa y su aislamiento. En realidad, esto podría pasarle a cualquier sujeto, más allá de su edad.
Fuera del ámbito psicoanalítico, se pone el acento sólo en la instrucción y en la necesidad de que los padres  conozcan y limiten las satisfacciones nocivas o “excesos” de sus hijos adolescentes ¡Esto parece imprescindible, pero no es suficiente! Sería necesario además, sin dejar de contar con el  encuentro con un psicoanalista, que se   construya un lazo con el adolescente  que ponga en juego algo de su satisfacción y no  solamente de la pura prohibición para lograr que   consienta subjetivamente las limitaciones   y pueda, así, renunciar efectivamente a los excesos. Para lograr esto sería importante puntualizar la necesidad de hacer emerger en él  otro sistema de satisfacción que sea mejor opción que la satisfacción excesiva. Además, de esta manera, se trataría de verificar que el único modo de suprimir o reprimir una satisfacción, es reemplazarla por otra.
Las satisfacciones sustitutivas funcionan para el hijo como el límite natural para dichos excesos al provocar temor a la pérdida, tal cual ya le ocurrió en su encrucijada familiar temprana -la que dio inicio a la edad de la latencia- cuando se vio confrontado a elegir entre la satisfacción del amor incestuoso y la satisfacción del interés narcisista por una importantísima parte de su cuerpo amenazada por la castración[1]. Los padres más obedecidos son los que dieron amor y satisfacción a sus hijos, sin dejar de poner al mismo tiempo un tope a esa misma satisfacción, logrando así ponerlos en posición de tener algo que perder –algo para tener miedo de perder-.
¿No será que cuando los padres se dedican a poner límites y prohibir, y no pasan previamente por esa fase de satisfacción de sus hijos, éstos caen en no tener miedo a nada, por no tener nada que perder, como todos los marginales de la sociedad?
A partir de los Escritos de Lacan[2], se puede decir que la función del padre es la de unir un deseo a la ley, con respecto a la satisfacción, y no la de oponerse a ella, limitarla o prohibirla .En otras palabras, crear en el adolescente una satisfacción con respecto a vivir en la ley tanto o más fuerte, que la satisfacción de vivir fuera de ésta. Vivir en la ley sería poder ubicarse con respecto a cuál es su lugar en el mundo, cómo enfrentar una posición sexuada y qué conducta hacerse frente a las satisfacciones que se permite.
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Con la pluralización de los nombres del padre, existen muchas maneras de poner límite al goce. Dicho goce es a la vez producido e interdicto(o prohibido ) por el lenguaje, esto es por la lengua propia , o por el uso de la palabra y no sólo por la autoridad paterna.

Vale decir que el modo de goce del síntoma es el producto del conflicto entre el goce salvaje y el mismo lenguaje. Esto hace que existan muchas maneras de limitar el goce: entre ellas, el propio síntoma. Por estas razones, no sólo es imprescindible respetar al síntoma  sino ayudar a producirlo para poder operar con él  psicoanalíticamente.
   
La función paterna es ayudar a  reubicar esa pérdida de goce.
Tomando en cuenta la última enseñanza de Lacan, se puede realizar una analogía entre la función paterna y el analista.
Un padre diagnostica la modalidad de goce del hijo y no lo fuerza a lo peor. Conoce los límites y no solamente pone límites Cada uno tiene un límite, una detumescencia; no dejemos de tener en cuenta que los hombres la tienen pero las mujeres deben aceptarla también.  La turgencia equivale  a la excitación, (¿también al exceso?) . Incluso  puede alcanzar también,“metafóricamente “;al  ojo,  la mirada , la voz  etc.
Ya no se trata entonces sólo del padre freudiano “prohibidor”, sino que podría ser un padre del amor. Un padre que dice que sí al amor no entendido como el amor a lo mismo (amor narcisista), sino amor a lo “otro”. Un amor que le pone  nombre y “sintomatiza”  al plus de goce como para que se pueda operar con él. .
El analista, tanto como este tipo de padre, pueden  converger como buenos  operadores con  el  “plus de goce”

JAMiller nos recuerda que “Lacan esboza, en el capitulo 25 del seminario 10, una nueva figura del padre que sabe que el objeto (a) es irreducible al símbolo. Se trata de un padre que no se dejaría engañar por la metáfora paterna, que no creería que esta puede cumplir una simbolización íntegra y que sabría , por el contrario, remitir el deseo al objeto (a) como su  causa…”. .“Anuncia un padre que no sería otro que el analista ..” (3)
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1] S. Freud, 1924, “El ocaso del complejo de Edipo”.
[2] J. Lacan,  “Subversión del sujeto y dialéctica del deseo” en Escritos
(3)  J. A Miller  en  La Angustia Lacaniana, pág. 112, Paidós.
                                                                                              
Roberto Ileyassoff
12 septiembre 2010