martes, 12 de octubre de 2010

Reflexiones sobre la presentación de un caso en la noche del lunes

Después de escuchar las preguntas, las referencias, los pedidos de precisiones que surgieron a partir del diálogo con los asistentes a la noche preparatoria de las próximas jornadas, puedo decir que el caso que allí llevé ya no es el mismo.
La pequeña torsión que le imprime al texto escrito la palabra del otro –y la propia, una vez atravesado el acto solitario de escribir– obliga a ajustar, a argumentar, a volver a considerar. Así, la noche significó para mi un paso más en la compresión del caso y del tema de las jornadas.



Claudia Lázaro

¿Qué ordena el superyó?


Respuesta abreviada a la Moderación del blog luego de la dos primeras noches preparatorias de las XIX Jornadas de la EOL 

El superyó ordena gozar a su antojo engendrando síntomas.
No hace que el goce sea un goce de entrada ordenado de acuerdo a lo que a la educación le conviene.
Sin embargo, paradójicameante, por el hecho de “imperar “ sobre el goce, tiene un poder ordenador sobre el goce.
A raiz de esto uno puede preguntarse lo siguiente: ¿ se podría influir terapéuticamente para atemperar y saber hacer con el goce del síntoma sin tocar el resorte superyoico del goce?
Sólo un goce controla a otro goce sustituyéndolo. No es posible influir sólo con palabras, interrupciones o silencios que no resuenen en el cuerpo gozante. Sólo quien “hace como” que ordena gozar puede tener el paradójico resorte como para lograr un cierto saber hacer con el goce del síntoma.
Freud en 1925 lo expresa así: “al inicio de la edad de la latencia… el varón se vió confrontado a elegir entre la satisfacción del amor incestuoso y la satisfacción del interés narcisista por una importantísima parte de su cuerpo amenazada por la castración”.
En referencia al caso presentado por Marisa Chamizo en la noche preparatoria de las XIX Jornadas, respondiendo a su pregunta acerca de las condiciones que posibiliten un tratamiento para él, yo propondría la siguiente estrategia: crear una ilusión de que el tratamiento se ocuparía de ver porqué ha perdido la relación gozosa con la amante, y no proceder a hacer hincapié en el goce de la drogadicción o en la desvalorización de los vinculo conyugales con la supuesta “salud” .
Además propondría también, introducir subrepticiamente la ilusión de poder gozar, a través del tratamiento, de una efectiva posibilidad de lograr ser como el padre y no solamente pasarse el tiempo admirándolo. Quizás esta aventurada y gozosa promesa podría convencer al paciente a seguir la consulta estimulando un lazo transferencial como para continuar trabajando sobre una sustitución posible entre el goce drogadicto (equivalente al incesto con la madre) y el goce del logro de sus propósitos mujeriegos y de emulación con respecto a los éxitos del padre tanto con sus empresas como con las mujeres (equivalente al valor narcisístico de su propio pene).
Ese lazo transferencial podría ser del tipo “conversación democrática” destinada a anudar RSI en los casos donde esto impide operar sobre las “frustraciones” y también sobre las así llamadas psicosis ordinarias pue en estos cuadros no se puede contar con la clásica represión freudiana en relación al padre (ver revista Quarto nº 94 dedicado a la Psicosis Ordinaria artículos de J.-A. Miller y de Gil Caroz).
Es necesario aclarar que, antes de este arriesgado paso estratégico –no dejaría de indagar sobre la ausencia de indicios de psicosis no desencadenada. Posteriormente,si es que consiguiera lograr este propósito (quizás utópico), no dejaría de favorecer la elaboración de un duelo para perder la omnipotencia mágica con la cual parece manejarse el paciente la cual sería un foco constante para la depresión y la impotencia, a su vez controladas a través de los excesos en el goce con las drogas.

Roberto Ileyassoff





Moderación



El analista, cuando con otros va construyendo una comunidad de experiencia, no está solo para soportar la dimensión del acto que ocurrió, ocurre, cada vez en el dispositivo.
El Caldero de las Jornadas es una de sus formas, así como las noches preparatorias, también en las distintas secciones de la EOL, las Jornadas previas como la de Carteles y la anual de Santa Fe tan recientes, de las que esperamos también comentarios.
De ese modo, con los textos que llegan, se va moviendo este Caldero, poco a poco, con solidez, la de cada enunciación que permite ir a favor de esa construcción.
El eje de la clínica nos ha ofrecido casos, con algunos podemos hacer serie, lo que, por un lado nos saca de las clasificaciones clásicas, por otro nos presenta con agudeza el uno por uno de la clínica lacaniana. La intervención en la noche de R. Mazzuca tiene la justeza de indicarnos lo frecuente: no es una neurosis, al menos típica, pero tampoco es una psicosis si no contamos con los datos fundamentales para diagnosticar lo que Miller en su momento llamó psicosis extraordinarias. Entramos al campo de las Ps ordinarias o de neurosis nada típicas(otro capítulo de la clínica). Es la pregunta del caso que presenta Claudia Lázaro. Roberto Ileyassoff advierte de la importancia del diagnóstico, pero, si ni neurosis ni psicosis, ¿entra en nuestro programa de investigación( como lo propuso en su momento Laurent, de psicosis ordinaria? Y a éstas ¿qué las ordena?
Si bien las viñetas comentadas no nos permiten asegurar que estamos con casos paradigmáticos de una serie ya que son breves referencias de cada caso, sí nos permiten advertir las respuestas de los analistas, las preguntas de los analistas, las hipótesis de los analistas, el no saber de los analistas.
Hay un punto que me interroga y de lo que casi no hablamos, el consentimiento del analista al uso de psicofármacos y aún más, la indicación del analista en casos en que considera que conviene. En la viñeta que envía Norah Perez la derivación a un psiquiatra que el sujeto reconoce como autoridad, no permite deducir que la vía sea esa, pero el exceso de goce destacado pudo sugerir su uso.
El caso que nos presenta Irene Kuperwaj, un niño de 5 años con los diagnósticos típicos creados por el mercado de medicamentos, con algún tratamiento de ese tipo. El analista deja de lado los diagnósticos para escuchar al sujeto. ¿Deja también de lado los medicamentos? La pacificación que encuentra en el lazo al Otro transferencial, ¿hace innecesario su uso?

Ana Simonetti

La “omisión” de la época y el tratamiento posible


Algunas semanas atrás fui a ver la obra de teatro "La omisión de la familia Coleman", de Claudio Tolcachir. El espectáculo cuenta la historia de una familia que vive "al límite" de su propia disolución, una disolución "evidente pero secreta". Personajes compartiendo una casa que "los contiene y los encierra", y "construyendo espacios personales dentro de los espacios compartidos, cada vez más complejos de conciliar". Viven en una convivencia imposible de soportar, “transitada desde el absurdo devenir de lo cotidiano, donde lo violento se instala como natural y lo patético se ignora por compartido", tal como escribe el autor.
Impacta el desarrollo de las escenas, contenidas en el absurdo de esta familia que va hacia la disolución, empujada por el goce sin medida de cada uno. Los rasgos de perversión, la madre que no puede y no sabe serlo, la abuela con un goce perverso y arrasador que tiene a la hija por objeto, los nietos tomados por el alcohol, la delincuencia, la miseria humana, la esquizofrenia y la desesperación, y la ausencia total de lazos amorosos que armen entre esos personajes algún lazo familiar. Lo que está omitido es el padre, brilla por el peso de su ausencia, y la familia está dislocada. El final es abrumador por su real crudeza, sin velo, sin semblante, sin palabras, sin familia, en la soledad del abandono y la locura.
Sin embrago, hasta aquí, la obra de teatro muestra a cielo abierto, haciendo uso del absurdo y lo grotesco –poniendo en escena el acto mismo de omisión del padre de la familia Coleman- eso que ya sabemos respecto de los efectos de la “omisión” de la función paterna y que nos concierne a todos, en mayor o menor medida, en la época en que vivimos.
Un mail de la compañía de teatro Timbre 4 que recibí unos días después, me permitió una lectura a posteriori. Anunciaban que la obra sería sacada de cartel  a causa del inicio de una nueva gira por América y Europa. Cuando comenzaron montaron la obra en el living de la casa del director, en una vieja y típica “casa chorizo” del barrio de Boedo, al final del angosto pasillo, justo al fondo, atravesando el patio, luego de la puerta verde... Al inicio, ninguno de los actores ni el director habría jamás imaginado el éxito rotundo y sostenido que tuvieron en estos años, desde agosto de 2005. La obra cambió para ellos la relación al teatro y la vida cotidiana porque les permitió también mejorar sus condiciones materiales de vida y de trabajo.
Lo que se agrega para mí como transmisión es que cada puesta en escena de la obra constituye, en sí misma, un modo de tratar la omisión de la función de abrochamiento a la vida que implica contar con lo paterno.  Algo -relativo a la omisión propia de esta “época aspirada por el goce”- es tratado por los actores en cada puesta escena. Y la respuesta que vuelve del público, bajo la forma de un reconocimiento que los ha conducido al éxito internacional, es que algo de lo imposible de soportar de esa omisión se trata también para el espectador mismo. Todos ellos aspirados, en alguna medida,  por la omisión de la función paterna propia de la época.
El arte del teatro me enseña también que no conviene quedar aspirados por el amor al padre porque esa “aspiración” -ahora en términos de amor al Ideal- nos vuelve inoperantes.
Si algo me ha enseñado el teatro esta vez es que la época produce también sus propios tratamientos del goce y que es bueno hacer el esfuerzo de leerlos dejándose enseñar, porque eso orienta respecto de un tratamiento posible.
Creo que es una enseñanza aplicable a la práctica del psicoanálisis.

Gabriela Camaly


sábado, 9 de octubre de 2010

"Mi familia"


La película “Mi familia- the kids are all right” me suscitó una serie de interrogantes y reflexiones cercanos al tema de las próximas Jornadas. Sobre todo en el punto en que se invita a considerar la decadencia del orden simbólico preexistente y sus incidencias en las nuevas generaciones. Se trata de una pareja de lesbianas que han tenido dos hijos (una niña y un varón) por inseminación artificial. Al llegar a la adolescencia el varón pide a su hermana de 18 años que lo ayude a averiguar quién ha sido el donador de esperma. Se conocen y surge un vínculo afectivo, de interesantes aristas entre los personajes. Los adolescentes lo toman como padre, y él gustosamente va a ese lugar. Hasta que seduce y se acuesta con la “madre biológica” (los niños le dicen mamá a ambas mujeres) lo cual lo convierte en el peor de los intrusos. La familia se abroquela frente al invasor. (En este punto el argumento me resultó bastante conservador: la “sagrada familia norteamericana” pero homosexual)
Recordé  la frase de Lacan del Seminario 17 “Sólo hay un único padre real, es el espermatozoide”, que más allá de sus resonancias irónicas, es muy interesante de estudiar. ¿No busca acaso el muchacho de la película que el dador de esperma entre en relación con el deseo? ¿No busca identificarse con él en tanto su genitor y en tanto hombre? No parece en este caso haber fracasado la función paterna, pero plantea la pregunta acerca de lo real en juego y de la disyunción del padre real y la función simbólica.
Sabemos que el inconsciente tiende a restablecer la creencia en el padre, vía el síntoma,  aún en los casos de “carencia paterna”. Suplencias al Nombre del Padre, primacía de lo simbólico. Pero ¿qué sucede a nivel del padre real? Es importante ubicar en cada caso cómo y qué produce el anudamientro entre los tres registros y preguntarnos si es sólo la decadencia de lo simbólico lo que produce  síntomas ligados a un retorno de goce pulsional .
 Intentaré retomar estas consideraciones con un caso de mi práctica en el contexto de las Jornadas de la Escuela. 

Gabriela Basz

Amar no es sin errar, 2

Me gusta mucho lo vivo de este Caldero, que anima las cuestiones  urgentes que nos presenta la clínica. No son  ajenas a lo que el último Lacan  halló en las referencias antiguas, tanto en las medievales, como en las que remiten al Renacimiento.  
Tomo el aporte de Claudia Lázaro: ¿Cierre, o rechazo del inconsciente?  Ahí parece presentarse “ese agujero duro y real” del  que habló Juanqui Indart. La chica “no logra  aferrarse a los recursos del psicoanálisis”. “Significación pobre pero no bizzarra”. “No hay síntoma.” ¿Puede el psicoanálisis prestarle algún significante…?  Quizás “prestarle  significantes”  podría situarse con lo dicho por Roberto Ileyassoff: “la pluralización de los Nombres del Padre nos obliga a reconsiderar el lazo transferencial”, y con lo dicho por Juanqui sobre la “inventiva en los consultorios”.
 Lacan anticipa la práctica analítica en los tiempos de la rata en el laberinto,  tiempos en los que una señora rata escribió: “soy la empleada nº 23 de Telecom que se suicida”, y pasó al acto. La  “unidad ratera, cuyo ser es uno con su cuerpo”,[1] es el individuo aristotélico, sin inconsciente, metido en los laberintos del discurso de la ciencia “que no le debe nada a los presupuestos del alma antigua.” El alma antigua sabía del amor. Unos, los creyentes y los místicos, amaban al Ser Supremo. Otros amaban a la dama inaccesible, como si supieran de dos modos de gozar: el que es atraído por el objeto del fantasma, y el Otro goce, el de ella, -objeto de deseo-, nunca toda ahí donde se creía encontrarla.[2] Mística y  poética en las que el acontecimiento-amor  prepara el lugar del inconsciente. 
 El  Lacan de  Aún, dice Jacques-Alain Miller, cree que el amor “puede mediar entre los uno-completamente-solo de la época”. Pero ¿qué amor?  “El juego apasionante” de un amor con  reglas,[3] posible si se afronta su raíz de imposible, lejos de los espejismos.

Carmen González Táboas


[1] En Aún, p. 169
[2] En el siglo XV, Pontus de Tyard pensó que el desencuentro era inevitable. No así Petrarca en el siglo XIV.
[3] Lacan, Jacques, Seminario 21, inédito (12/3/1974)

Reseña de las preguntas de Noche de las Jornadas

G. Aksman: A partir de las presentaciones, Gloria recuerda el título del artículo de E. Laurent de Virtualia 21, “Las fallas entre el cielo y la tierra. Consecuencias para la dirección de la cura”. Desde ahí toma la cuestión de la transferencia y se pregunta qué entendemos cuando decimos los analistas que estamos en posición de “alojar”?
En ese sentido invita a un tiempo de comprender, antes de pensar en el rechazo del inconciente.

G. Arenas: En relación a “alojar” a los pacientes. Recordó lo que Miller decía respecto del síndrome Otaku, en relación a la parafernalia de significantes sueltos que son todos iguales. Reflexiona sobre el hecho de que muchas veces nos encontramos con pacientes complicados para la transferencia y la apertura del inconciente. Propone pensar que faltan las representaciones hiperintensas de las que hablaba Freud y no hay ningún significante que tenga un peso distinto a los demás, que haga de ancla, de sujeción. Destaca que en algunas ocasiones el análisis, al recortar algún significante, permite empezar a condensar un poco de goce alrededor de alguno. El NP es un significante de peso, pero a veces no se cuenta con él. Concluye afirmando que hay inventar algún significante que cobre peso.

J. C. Indart: En relación a la apertura/cierre o rechazo del inconciente, nos recuerda que el cierre sucede en los seres parlantes en los que se ha constituido la represión como solución a la deriva significante. En este sentido, plantea que es un dato clínico a considerar la aparición de recuerdos, en el sentido de pensar si se tratan o no de un levantamiento de la represión, en estos casos que plantean tantas dificultades.

E. Sinatra: Nos sitúa, en la política de estas noches, en el problema de la tensión que hay entre el florilegio teórico versus nuestra capacidad frente al vacío, duro, central de la experiencia.

Mazzuca: No reconocer la neurosis no nos autoriza a diagnosticar psicosis. En relación a una de las viñetas plantea si no nos ponemos exigentes a buscar el fenómeno elemental y destaca que el uso del lenguaje que hace un sujeto puede responder a la identificación imaginaria que compensa el Edipo ausente y en ese sentido conviene respetar el recurso, que tiene sus efectos.

Bernadette Houssay



viernes, 8 de octubre de 2010

Reseña de la Segunda Noche preparatoria - 4 de octubre 2010

La segunda noche preparatoria para las XIX jornadas de la EOL ha contado con la participación de  Daniel Aksman, Roberto Ileyassoff, Irene Kuperwajs y Claudia Lázaro
Coordinada por Juan Carlos Indart, se ha intentado, nuevamente, dar lugar a lo que responden los psicoanalistas.
Para comenzar, Claudia Lázaro ha presentado una viñeta clínica orientada por un punto problemático: pensar la diferencia entre cierre del inconsciente y rechazo del inconsciente. Le ha puesto al caso un título irónico que da cuenta de un "rasgo exagerado", como ella lo denomina: "Una transferencia muy positiva".
Una adolescente de 17 años que, si bien presenta justamente una transferencia muy positiva, expresada en una suerte de fascinación por la analista, presenta grandes dificultades en amarrarse a la palabra, al dispositivo analítico, a la implicación subjetiva. No logra aferrarse a los recursos que el análisis le aporta. Resulta difícil retomar formaciones del inconsciente. La sujeto utiliza permanentemente palabras tomadas del otro; una "alienación flagrante", como Claudia lo expresa. No se pueden situar tampoco fenómenos de psicosis. Hay una significación pobre pero no bizarra. Se trataría mas bien de una alienación al Otro que orientaría a la debilidad mental o a las personalidades como si.
Claudia se pregunta entonces de qué tipo de rechazo se trata. Si sería posible que el análisis pudiera prestarle algunos significantes que le permitan salir de la repetición y hacer función de suplencia. ¿O es que el inconsciente se ha retirado hasta una próxima apertura?, concluye.
Irene Kuperwajs ha desarrollado otra viñeta clínica, titulada "El Diablo". Esta vez, un niño de 5 años; un padre que lo rechaza y una madre "un poco loca".
Siendo que en los tiempos del goce habría una aceleración de la decadencia del orden simbólico, Irene plantea una respuesta del lado de la transferencia en acto para inscribir algo del lado del amor. Este niño puede efectivamente comenzar a tramar su historia porque consiente al amor de transferencia. El analista se constituye en su función de síntoma, que anuda y fuerza al sujeto a encontrar otra solución que no sea la de ser el objeto del delirio familiar. Llega a la consulta con todos los diagnósticos de la época: epilepsia refractaria, add, bipolar, trastornos del sueño, y, por supuesto, medicado. Un niño que no se queda quieto y que expresa reiteradamente que no quiere vivir porque no tiene papá. La madre dice que él es un tirano como su propio padre.
La analista propone dejar de lado su teoría del add – con la que da cuenta de algunas de sus reacciones – para que pueda hablar y averiguar lo que le pasa. El primer tiempo consistió así en separar su discurso de las palabras con las que fue hablado, alojando al sujeto y ordenando. A medida que comienza a jugarse el amor de transferencia se evidencia un apaciguamiento. Aparecen dos recuerdos sobre el padre. El sujeto puede amarrarse a los recursos que el análisis le brinda; obteniendo cierta humanización que, como lo señala Irene, en este niño, no es poco.
Daniel Aksman nos ha presentado un texto en el cual realiza un recorrido por la época actual partiendo de la problemática del amor. Plantea entonces que uno de los motivos de consulta en la actualidad está referido a la soledad contemporánea; un padecimiento en relación al partenaire. Aquellos que en su modo de buscar borran cualquier posibilidad de encuentro.
Amamos a quien creemos que esconde algo que responde a la pregunta por nuestro ser; es por ello que ponemos en juego nuestra propia falta. Se trata de ¨dar lo que no se tiene¨, reconocer la falta y ponerla en juego. Hay en ese Otro una verdad difícil de soportar y que el amor permite sobrellevar. La doctrina del partenaire indica que el sujeto siempre juega su partida con un partenaire. El analista sería un partenaire suplementario.
En el caso de la soledad del sujeto contemporáneo; el sujeto puede prescindir del partenaire sexual y consagrarse al partenaire a-sexuado del plus de gozar.
Daniel ha citado el texto "La Errancia Erótica", del filósofo Costas Axelos para trabajar la dificultad del amor. En los caminos del amor, dice, aparece siempre la pregunta por lo que buscamos.
Establece así que para las cuestiones del amor y del goce los semblantes son siempre necesarios. En el amor habría una enrancia fundamental, malestar que se extiende hasta nuestros días. El término enrancia, tomado de Heidegger, sería una de las formas de la inautenticidad; ir de una cosa a la otra, impidiendo reposar en ninguna; una "avidez de novedades". Sería la escencia del shopping de este siglo.
Ejemplifica con dos pequeñas viñetas; una paciente cuyo síntoma era concurrir a las rebajas de los shoppings, corriendo de un local al otro, sin necesitar nada; su goce era comprar. El otro, un sujeto que tenía una compulsión a la genitalidad con la necesidad de frecuentar mujeres en forma constante. No puede dejar de entrar a páginas pornográficas en la computadora del trabajo para masturbarse compulsivamente y establece encuentros reiterados con un travesti. Inauténticas soledades contemporáneas, las denomina Daniel.
Si lo que se impone es la errancia entonces la monogamia se torna problemática. En las cuestiones del amor, deseo, sexualidad, goce, hay agujero, establece Daniel Aksman; por lo tanto se tratará de un saber hacer que no borre al sujeto del deseo y le de la posibilidad de un amor que no haga de la soledad una tristeza.
Roberto Ileyassoff trabajó en torno a distintas modalidades en las que se presenta en la época la función paterna.
Habría, dice, muchos fenómenos de la clínica que no entran en las categorías utilizadas; pacientes que consultan que no creen que lo que les ocurre quiere decir algo en el sentido de un saber del inconsciente. Esperan, sin embargo, un saber que los alivie de su sufrimiento. Serían pacientes sin implicación subjetiva para los cuales los modos de intervención habituales pueden ser contraproducentes. Destaca en este sentido la importancia del diagnóstico.
Real, simbólico e imaginario tienen que estar bien anudados para poder sustentar la realidad humana; para poder sostener un lazo. El sujeto necesita protegerse de ese real que escapa al significante y a la imagen; esto permite que un discurso se desarrolle y limite el goce. Procede de la puesta en función de una ley; metáfora paterna, que permite el lazo social a través de la pérdida de goce. Sería el Edipo freudiano como un aparato de anudamiento.
Cada modo de anudamiento se hace notar como síntomas de funcionamiento inconsciente y equivale a su modo de goce. Cuando el sujeto no logra construirse un sínthoma es víctima de síntomas de disfuncionamiento. Mas vale funcionar con un síntoma propio que con uno prestado, asevera Roberto.
Si bien el padre es una función que acota el goce, pueden existir otras formas de lograr el anudamiento. El síntoma orienta al sujeto. A través de la transferencia se puede hacer intervenir una suplencia que anude convenientemente. 
Plantea entonces que el nombre del padre en los tiempos actuales está forcluído y vuelve en lo real como normas sociales. No está fundado bajo la función del padre que nombra sino sobre la normalidad que funciona como amo anónimo. Sería un orden más feroz que el Nombre del Padre, que no está correlacionado al deseo y a la prohibición sino al goce superyoico. Sería el nombre del padre ocupado por alguien que no conserva su característica de función vacía.
La pluralización de los Nombres del Padre obliga a reconsiderar el lazo transferencial en la cura. Resalta entonces la importancia del encuentro con un analista donde se construya un lazo que ponga en juego algo de su satisfacción y no solamente la pura prohibición (en los casos de excesos de goce). Poder hacer emerger otro modo de satisfacción que sea mejor que la satisfacción excesiva. 
Juan Carlos Indart ha concluído con una suerte de síntesis de lo expuesto.
Ha planteado entonces que lo que deberíamos articular es esa diferencia entre discursos que tienen recursos, potencialidades y posibilidades, tan opuestos a ese agujero duro y real en el que nos dejan los dos casos clínicos.
El debate giraría en torno a posibilidades sustitutivas. En la viñeta de la mujer que va al shopping, en esa compulsión, obtiene una pequeña ganancia. Podríamos considerarla como un síntoma. Encuentra esa mujer un poco de límite ahí, sería mucho peor sin eso, plantea Juan Carlos Indart.
Ese sería un enfoque, la perspectiva sería poder ir reduciendo eso pero quedándose con eso que ya es un invento importante. Otra cosa sería decir que ha podido dejar caer eso.
En el caso del sujeto que recurre a la pornografía, al travesti, dirá que habría que pensar si eso no es algo que ya está funcionando como síntoma en el sentido de limitar y anudar algo, o habría que pensar que ahí tenemos que intervenir en un sentido más sustitutivo. Este sería todo el horizonte de la polémica.
Se ha expresado no muy optimista respecto al caso de Claudia Lázaro, ya que no hay síntoma. Ni en el sentido de la castración freudiana ni un nuevo síntoma. A diferencia del niño, que tenía sus agallas e intentaba armar algo para sostenerse. Mediante el amor de transferencia ha podido pasar del "no tengo papá" a dos recuerdos sobre el padre; de límite, de intercambio, encontrando tal vez allí un hilo edípico.
Ha destacado, para finalizar, la necesidad que impone la época, de cierta inventiva en los consultorios.


Paula Husni

A tono con los tiempos


Me interesó la propuesta de cómo responder a “los tiempos del goce” desde la clínica y es desde esa perspectiva,   que digo que el psicoanálisis lacaniano es el más adecuado,  para abordarlo, en tanto es una clínica centrada en el goce.
¿Cómo entender estar a tono con los tiempos actuales?  Nos convertimos en especialistas de drogadicción, bulimia o las formas que tome la violencia? Seremos expertos en corrupción, mafias o clonación rápida? No lo creo.
 Digo que el psicoanalista lacaniano está más orientado para abordar los síntomas actuales, en tanto centra  cada caso con la pregunta: de qué goza este sujeto? 
Asi, un sujeto viene a verme con un lenguaje violento y degradante, hablando sin parar, enumerando hechos como en un juicio. Le digo de modo amable pero firme: “Si tuviera un palo, le abriría la cabeza, para sacarle, al menos una idea que  sirva…pero no lo tengo”.  Esta intervención lo ubicó en otro lugar, por el efecto que tuvo la invención de un objeto-palo que podía no sólo frenarlo sino separarlo del otro a quien compulsivamente envolvía e impotentizaba con palabras. El efecto fue de alivio inmediato y de actitud más respetuosa hacia el otro  ¿Cómo actuar con alguien que  goza de sus palabras?
 Algo es seguro: no  con palabras.
   
Diana Paulozky
   

lunes, 4 de octubre de 2010

Moderando 1


Nuevos ingredientes para El Caldero de las Jornadas. Diversos y muy interesantes, porque no cuesta escuchar el decir personal de cada uno.
Empienzo moderando el aporte de Cappelletti, porque ella quiere recordarnos ( por qué no, siempre estamos un poco dormidos) que hay otros calderos, calderos políticos, por lo menos en América del Sur y en nuestro país, calderos donde también algo se hace en la dirección de responder a la cuestión del amor y los tiempos del goce. Es verdad, pero en otra práctica y sin esos temas. Vale la pena juntar la lectura de su aporte con el de Arenas, porque ambos llegan, como respuesta, a restablecer el ‘honor del significante’ (ella), y a devolver la ‘dignidad del sujeto’ (él). Eso es muy bello. Pero Arenas aporta algo importante, cuando opone a la metonimia del goce actual el síntoma, desde Freud y con Lacan, por sus coordenadas de ‘hacer lazo’ (acá hay que discutir un poco), ‘condensar goce’ (no discuto nada), y ‘repetición’. ‘Repetición’, sí, pero acá prefiero el término que suele emplear Laurent: ‘iteración’. ¿Qué cuerpos van a repetir un síntoma hasta que se verifique como sinthome? ¿Durará la respuesta de Cappelletti? ¿Piensa Arenas que deberemos hacernos sinthoma de lo que nos llega en transferencia, de por vida?
Ahora hay que decir que es claro que si ponemos a trabajar la palabra ‘amor’, ella es ella, se distingue del resto de la frase en la que está ( y los tiempos del goce), y motiva a hablar, de la manera más singular, porque se goza hablando del amor.
Gonzalez Taboas encuentra un libro que  la ayuda a descifrar el Seminario 21 de Lacan, pero la brevedad de un texto para un blog le impide explicarnos más sobre ese encuentro, y sobre los errores y las errancias del amor. Vascheto nos recuerda muy bien Freud, el Freud que pensó el problema del amor en la psicosis paranoica, ese amor que lleva al suicidio, y nos deja bien situados cuando nos recuerda una respuesta para los hombres, vinculada a la causa de amar como azar. Pero eso no me parece divertido, es sólo un comienzo sin dios. La cuestión sobre el amor divertida, en ese Seminario 21, es considerarlo un juego apasionante, porque hay que inventarle sus reglas. Otras reglas que las del amor simbólico. ¿Qué escuchamos de esto en nuestra clínica?
Con lo que nos envía Norah Pérez entramos en ebullición. Hay que bajar un poco el fuego. Demasiadas referencias teóricas en un texto breve dificulta un poco entender qué pasó en esta respuesta concreta, que viene de la práctica, que nos interesa. Frente a excesos de goce y fracasos en el amor al nombre del padre “Esto así no funciona”, y el paso a la intervención de un colega psiquiatra, con variantes diversas, es una encrucijada bastante frecuente, a elaborar más caso por caso.      
             
Juan Carlos Indart